14 marzo 2006

 

El eslabón

No me resisto. Pero muchos de los que estamos detrás del trabajo con personas con diversidad funcional firmaríamos una a una las palabras de la columna de opinión de Rosa Montero en EL PAIS de hoy.

A ver, que alguien me explique qué mecanismo masivo de obnubilación mental hizo que la semana pasada todas las televisiones y todos los periódicos sacaran un aluvión de imágenes de esos cinco hermanos turcos que, afectados por una anomalía genética, caminan a cuatro patas. Que un profesor británico de Psicología Evolutiva sostenga que estas pobres gentes son el eslabón perdido en la evolución humana ya resulta lo bastante disparatado, y ha sido rebatido inmediatamente por los científicos. Pero lo más escandaloso es que algo así reciba un tratamiento mediático tan desmesurado. ¿Qué diferencia esta repugnante exhibición de los abusos circenses del siglo XIX? Del infortunado Hombre Elefante, o de las Mujeres Barbudas llevadas de feria en feria. Todos esos espectáculos miserables que hoy supuestamente condenamos y despreciamos de manera unánime, desde la altura de nuestro desarrollo cultural y científico. Pero hete aquí que, a poco que se rasque, vuelve a emerger la misma mugre moral, un morbo idéntico. Vivimos en una sociedad banal y extraña: podemos gastar ríos de tinta discutiendo estúpidos eufemismos políticamente correctos, pero luego ejercemos la verdadera y suprema incorrección del sensacionalismo. Estas cinco criaturas (que además son deficientes mentales) fueron al parecer compradas por mil euros por el psicólogo británico. Es decir, compró su imagen dolorosa, para pasmo y esparcimiento de las masas. Es una pseudociencia digna del Gran Hermano.


Como, por desgracia, las deformaciones del ser humano son infinitas, podemos inaugurar una nueva moda de rarezas. Por ejemplo, hay un síndrome terrible que causa que los niños que lo padecen se devoren a sí mismos, cosa que podría ser fácilmente vendida como una regresión evolutiva a nuestra etapa caníbal. A mí no me asombra que los hermanos turcos vayan a cuatro patas; lo que me sorprende de verdad es que determinados individuos especialmente inhumanos y mostrencos caminen erguidos (como, por ejemplo, el profesor británico). Ya lo dijo Konrad Lorenz, el padre de la etología: "Creo haber encontrado el eslabón intermedio entre los animales y el homo sapiens: somos nosotros".

Rosa Montero, EL PAIS; 14 de marzo de 2006

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